miércoles, noviembre 22, 2006

NARCISO- ΝΑΡΚIΣΣOΣ

NARCISO- ΝΑΡΚΙΣΣΟΣ

Narciso era un hermoso joven que despreciaba el amor.

-Ovidio nos cuenta que Narciso es hijo del dios del Cefiso y de la ninfa Liríope. Al nacer, sus padres consultaron al adivino Tiresías, el cual les respondió que el niño « viviría hasta viejo si no se contemplaba a sí mismo ». Llegado a la edad viril, Narciso fue objeto de la pasión de numerosísimas doncellas y ninfas, pero siempre permanecía insensible. Finalmente, la ninfa Eco se enamoró de él, pero no consiguió más que las otras. Desesperada, se retiró a un lugar solitario, donde adelgazó tanto, que de toda su persona sólo quedó una voz lastimera. Las doncellas despreciadas por Narciso piden venganza al cielo. Némesis las escucha y hace que, en un día muy caluroso, después de una cacería, Narciso se incline sobre una fuente para calmar la sed. Ve allí la imagen de su rostro, tan bello, que se enamora de él en el acto, e insensible ya al resto del mundo, se deja morir, inclinado sobre su imagen. Aun en el Éstige trata de contemplar los amados rasgos. En el lugar de su muerte brotó una flor, a la que se dio su nombre : el narciso.

-La versión beocia de la leyenda era sensiblemente distinta. En ella se decía que Narciso era un habitante de la ciudad de Tespias, no lejos del Helicón. Era joven y muy bello, pero despreciaba los placeres del amor. Estaba enamorado de él un joven llamado Aminias, pero él no le correspondía; lo rechazaba constantemente y acabó enviándole una espada como presente. Aminias, obediente, se suicidó con el arma ante la puerta de Narciso; pero al morir pidió la maldición de los dioses contra su cruel amado. Un día en que el joven se vio en una fuente, enamórese de sí mismo y, desesperado ante su pasión, se suicidó. Los tespios tributaron un culto al Amor, cuyo poder quedaba patente en esta historia. En el lugar en que se había suicidado Narciso y donde la hierba había quedado impregnada con su sangre, nació una flor: el narciso.

-Otro autor clásico, Pausanias, refiere que Narciso tenía una hermana gemela a la que se parecía en extremo; ambos eran bellísimos. La muchacha murió, y Narciso, que la quería entrañablemente, experimentó gran dolor verse en una fuente, creyó por un instante contemplar a su hermana, y ello mitigó su pena. Aunque sabía claramente que no era su hermana a quien veía, se acostumbró a mirarse en las fuentes para consolarse de su pérdida. Ello - dice Pausanias – habría dado origen a la leyenda ta1 como estaba de ordinario. Esta versión es un intento de interpretación «racionalista del mito preexistente.

-Finalmente, existía una tradición oscura según la cual Narciso era oriundo de Eritria, Eubea. Habría sido muerto por un tal Épope (¿o Eupo?), y su sangre habría dado nacimiento a la flor homónima.
Pierre Grimal, Diccionario de mitologia griega y romana. Paidós, 1982.

FUENTE CLÁSICA

Ovidio, Las Metamorfosis, L.III

En efecto, el hijo del Cefiso ya sumaba un año a los quince y podía parecer tanto un adolescente cuanto un joven. Muchos jóvenes y muchas muchachas lo desearon, pero era tan dura la soberbia que había en su tierna belleza que ningún joven, ninguna muchacha lo pudo tocar nunca. Un día, mientras espantaba a los asustados ciervos hacia las redes, le vio una ninfa habladora, que, sin embargo, ni podía estar callada mientras otro hablaba, ni podía hablar ella en primer lugar: era la resonante Eco. Hasta entonces, Eco no había sido sólo voz, sino también un cuerpo; sin embargo, el uso que podía hacer de su parlanchina boca no era distinto del que tiene ahora, puesto que lo único que podía hacer era repetir, de entre muchas palabras, sólo las últimas.
Aquello había sido obra de Juno, porque en numerosas ocasiones en que había estado a punto de sorprender a alguna ninfa yaciendo con su Júpiter en un monte, Eco, que lo sabía, había entretenido a la diosa con sus largas pláticas, dando tiempo a las ninfas para huir. Cuando la Saturnia se dio cuenta, dijo: «Poco poder tendrás sobre esta lengua que se ha burlado de mí, y muy escaso uso de la voz», y confirmó sus amenazas con hechos: Eco ya sólo duplica los sonidos cuando alguien termina de hablar, y reproduce las palabras que oye.
Así pues, cuando Eco vio a Narciso que vagaba por tierras apartadas y se enamoró de él, empezó a seguirle furtivamente, y cuanto más le seguía, más se abrasaba en la llama de su amor, como se incendia el fogoso azufre que se unta en la punta de las antorchas cuando se le acerca el fuego. ¡Ah, cuántas veces quiso acercársele con dulces palabras y dirigirle tiernas súplicas! Su naturaleza se opone a ello, y no le permite tomar la iniciativa: pero lo que sí le permite es esperar atentamente los sonidos, a los que responde con sus palabras.
Casualmente el joven, que se había separado del grupo de sus fieles compañeros, exclama: «¿Hay alguien?»; Eco responde: «¡Alguien!» Él se asombra, y volviendo la mirada a todas partes, grita con voz potente: «¡Ven!»; ella le llama a él que la llama. Él mira tras de sí, y al ver que sigue sin venir nadie, pregunta: «¿Por qué huyes de mí?», y todas sus palabras vuelven a él. El insiste y, defraudado, al no poder ver la imagen de esa voz, dice: «¡Aquí reunámonos!», y Eco, que nunca había respondido a un sonido con más placer, repite: «¡Unámonos!», y secundando sus propias palabras, sale del bosque y se dirige hacia él para rodear con sus brazos el ansiado cuello. Él huye, y huyendo le dice: «¡Quita tus manos, no intentes abrazarme! ¡Antes moriría que entregarme a ti!»; ella no contesta sino: «¡Entregarme a ti!» Despreciada, se oculta en los bosques, y avergonzada esconde su rostro tras las ramas, y desde entonces habita en cavernas solitarias. No obstante, el amor permanece clavado en ella, y el dolor por el rechazo sigue creciendo: la angustia que no la abandona va consumiendo sus miembros demacrados, la delgadez arruga su piel, y los humores vitales de su cuerpo se pierden en el aire; sólo quedan de ella la voz y los huesos. La voz permaneció, pero dicen que sus huesos se convirtieron en piedras. Desde entonces se oculta en los bosques, pero no se la ve en ningún monte, aunque todos la oyen: es el sonido, que vive en ella.
Así había burlado Narciso el amor de Eco, así el de otras ninfas nacidas de las olas o de los montes, y así también el de un sinfín de hombres. Hasta que un día, uno de los que él había despreciado exclamó alzando las manos al cielo: «¡Ojalá él también se enamore y no pueda poseer a su amado!» Así dijo, y la diosa ramnusia ccedió a sus justos ruegos.
Había un estanque sin barro, de aguas plateadas y cristalinas, hasta el que nunca habían llegado ni pastores, ni cabras que se llevan a pastar al monte, ni ningún otro tipo de ganado; ni pájaros, ni animales salvajes, ni ramas caídas habían agitado nunca sus aguas. Estaba rodeado de hierba que crecía vigorosa por la proximidad del agua, y de un bosque que impedía que los rayos del sol penetraran y llevaran calor a aquel lugar. El joven, fatigado por la caza y por el calor, se dejó caer allí, atraído por el aspecto del lugar y por el estanque, y mientras intentaba calmar su sed, otra sed fue creciendo dentro de él. Mientras bebe, seducido por la visión de la belleza que tiene ante sus ojos, se enamora de una esperanza sin cuerpo, y cree que es un cuerpo lo que no es sino agua. Con asombro se admira a sí mismo, y permanece inmóvil con la mirada clavada en su propio reflejo, como si fuera una estatua de mármol de Paros . Tumbado en el suelo, observa las estrellas
gemelas que son sus ojos, los cabellos dignos de Baco, dignos de Apolo, las mejillas imberbes, el cuello blanco como el marfil y la belleza de la boca; admira, en fin, todo aquello por lo que él mismo es digno de admiración. Se desea a sí mismo sin saberlo, y el que alaba es a la vez alabado, a la vez busca y es buscado, al mismo tiempo enciende la pasión y arde en ella. ¡Cuántas veces besó en vano el mentiroso estanque! ¡Cuántas veces hundió sus brazos en el agua para rodear el ansiado cuello, sin conseguir abrazarse! No sabe qué es lo que ve, pero lo que ve le abrasa, y él mismo se engaña, a la vez que incita a sus ojos a caer en el error. ¿Por qué intentas aferrar, ingenuo, una imagen fugaz? Lo que buscas, no está en ninguna parte; lo que amas, lo pierdes en cuanto te vuelves de espaldas. Esta imagen que ves reflejada no es más que una sombra, no es nada por sí misma; contigo vino, contigo se queda y contigo se iría, si tú pudieras irte. Ni la necesidad de comer ni la necesidad de descansar pueden apartarle de allí; por el contrario, tendido sobre la hierba umbrosa, observa con ojos insaciables esa belleza mendaz, y se consume de amor por sus propios ojos. Incorporándose un poco, tiende sus brazos hacia los árboles que le rodean y exclama: «¿Acaso algún amante, oh bosques, ha sufrido más cruelmente que yo? Sin duda lo sabéis, ya que habéis sido para muchos un oportuno escondrijo. ¿Acaso recordáis, en toda vuestra larga vida, una vida de tantos siglos, que alguien haya sufrido tanto como yo? Me gusta y le veo, y sin embargo, aunque le veo y me gusta, no le encuentro, ¡tanta es la ceguera del que ama! Y lo que más me duele es que no es un inmenso océano ni un largo camino, ni las montañas, ni tina muralla con sus puertas cerradas lo que nos separa: ¡nuestro obstáculo es un poco de agua! Y él también desea que lo alcance: cuantas veces me acerco a besar las líquidas aguas él trata de acercarse con el rostro tendido hacia mí. Parece como si le pudiera tocar, es muy poco lo que se interpone entre nosotros. ¡Sal, quienquiera que seas! ¿Por qué me rehuyes, muchacho incomparable? ¿Adónde vas, cuando yo te busco? En verdad, ni mi edad ni mi belleza merecen que me rehuyas: ¡hasta las ninfas se enamoran de mí! Con tu rostro amistoso me das esperanzas y me prometes algo que ni yo mismo sé qué es, y todas las veces que he tendido mis brazos hacia ti, tú los has tendido también; también he notado lágrimas en tu cara cuando yo lloro; si hago un gesto con la cabeza tú me lo devuelves, y, por lo que sospecho del movimiento de tus bellos labios, pronuncias palabras que no llegan a mis oídos. Pero ¡si es que soy yo! ¡Ahora me he dado cuenta y ya no me engaña mi reflejo! ¡Ardo de amor por mí, a la vez despierto la pasión y soy arrastrado por ella! ¿Qué hago? ¿Le suplico o dejo que me suplique a mí? ¿Pero suplicar qué? Lo que deseo está conmigo: mi propia riqueza me hace pobre. ¡Ojalá pudiera separarme de mi cuerpo! ¡Un deseo inaudito para un enamorado, querer que lo que amamos se aleje de nosotros! El dolor ya está acabando con mis fuerzas, no me queda mucho tiempo de vida, y muero cuando aún estoy en mi primera juventud. Pero no me pesa la muerte, porque así terminará mi dolor: sólo quisiera que él, el que deseo, viviera más tiempo. Ahora, dos pereceremos juntos en una sola alma.»
Así dijo, y presa ya del delirio, volvió a mirar la imagen y sus lágrimas agitaron la superficie del agua, y con el temblor la figura reflejada desapareció. Al ver que se iba gritó: «¿Adónde huyes? ¡No abandones, cruel, a quien te ama! ¡Deja por lo menos que te mire, ya que no puedo tocarte, y que alimente así mi desdichada pasión!» Y mientras se lamenta, tira hacia abajo de su túnica y golpea su pecho desnudo con las palmas de sus manos, blancas como el mármol. Entonces, por efecto de los golpes, su pecho se coloreó de un tenue rubor, igual que las manzanas se quedan blancas por un lado y se ponen rojas por otro, o como los racimos variopintos de la uva todavía inmadura, que adquieren un color purpúreo.
Al ver esto en el agua, que estaba otra vez clara, no puede soportarlo más: como se derrite la cera dorada al calor de una leve llama, como se disuelve el rocío de la mañana cuando lo calienta el sol, así, desgastado por el amor, se consume y es devorado poco a poco por un fuego oculto. En su tez ya no se mezclan la candidez y el rubor, ya no tiene ese vigor y esa fuerza que hace poco despertaban admiración, ni tampoco queda ya el cuerpo del que Eco se había enamorado. Ésta, no obstante, se afligió al verle así, aunque aún recordaba, airada, lo sucedido, y cuantas veces el desgraciado joven exclamaba «¡Ay!», «¡Ay!» repetía ella una y otra vez, y cuando Narciso golpeaba su cuerpo con sus manos ella reproducía el sonido de sus golpes.
Las últimas palabras las dijo Narciso mirando al agua una vez más: «¡Ay, muchacho vanamente amado!», y el lugar le devolvió todas las palabras; y cuando le dijo: «¡Adiós!», Eco lo repitió. Extenuado, dejó caer su cabeza sobre la verde hierba, y la noche se cerró sobre sus ojos, que aún admiraban la belleza de su propio dueño; y aun después de haber llegado al mundo infernal, siguió mirándose en las aguas estigias. Lloraron por él sus hermanas las Náyades, que se cortaron el cabello como ofrenda funeraria, le lloraron las Dríades '', y Eco repitió sus lloros. Y ya estaban preparando la pira, las antorchas parpadeantes y el féretro, cuando vieron que su cuerpo ya no estaba: en su lugar encontraron una flor con el centro amarillo, rodeado de pétalos blancos”.


Finis!